
Verlo dormir en esa cama semivacía le producía una mezcla de injusticia e impotencia, algo similar a lo que sentiría una niña que vive en la miseria si la llevan a una excursión por el Vaticano. No lograba encontrarle sentido, su felicidad estaba ahí y se la habían quitado... por un lado estaba maravillada con lo nuevo, pero quería volver a lo viejo, a lo real, quería volver a esa casa, a esa cama, a ese él... ahora se sentía sola, más sola que nunca, rodeada por los que en un momento la habían abandonado, y ahora era ella quien había abandonado a los que la rodeaban. Había confirmado muchas cosas, ya no tenía dudas, pero de que servía la supuesta tranquilidad que le daba ese conocimiento si no podía tranquilizarlo a él; quería susurrarle al oído que todo estaría bien, que algún día volverían a estar juntos; pero no sólo sabía que no la oiría, sino que además estaba empezando a dudar de aquella verdad... debería sentirse completa, realizada, pero se sentía vacía; debería sentirse feliz, pero su saliva tenía un gusto amargo.
Él se movió, pasó de estar boca arriba a estar de costado, e hizo unos ruidos con su boca. Ella continuó observándolo durante un rato... y esa pose, así de costado, le trajo envuelto en nostalgia el recuerdo de dormir cucharita... saber que no volvería a sentir sus brazos rodeándola, su respiración en la nuca, su pecho en la espalda, su virilidad en la cola... saber que no lo sentiría nuevamente a él, la llenó de angustia; desolada tragó saliva y ahora la amargura invadió todo su cuerpo... una lágrima le trazó un surco de húmeda tristeza por la mejilla; y dimitida, decidió abandonar aquella habitación, atravesar aquel techo y adentrarse en el cielo; verlo y no poder tenerlo era una tortura, así que decidió irse y no volver a visitarlo; decidió irse a continuar su condena en el Edén, completamente resignada, como el perfume de la mujer que trabaja en una pescadería.
Agitada, abrió sus ojos, su cuerpo estaba tieso, contracturado... sentía a flor de piel el aroma a pesadilla, se sentía asustada, angustiada... recordaba haber soñado con el cielo, con el paraíso que prometen las religiones a cambio de limosnas... pero distaba mucho de haber sido un sueño placentero... giró su cabeza buscándolo, y ahí estaba, durmiendo a su lado... entonces se dio cuenta que aún estaba en esa cama, junto a él... y esto le trajo un leve sosiego; lo observó unos instantes más y se acurrucó en su pecho, buscando refugio de aquella pesadilla donde los habían separado... él, entre sueños, la acarició suavemente, trayendo alivio en la yema de sus dedos... entonces ella sonrió, y cerró sus ojos... con la tranquilidad de estar juntos, con la certeza de que no existe lugar más celestial en el mundo, que la cama donde esté él... y que en cualquier cielo, en cualquier paraíso, si no está él, inevitablemente se respirará el dejo del azufre en el aire.
Él se movió, pasó de estar boca arriba a estar de costado, e hizo unos ruidos con su boca. Ella continuó observándolo durante un rato... y esa pose, así de costado, le trajo envuelto en nostalgia el recuerdo de dormir cucharita... saber que no volvería a sentir sus brazos rodeándola, su respiración en la nuca, su pecho en la espalda, su virilidad en la cola... saber que no lo sentiría nuevamente a él, la llenó de angustia; desolada tragó saliva y ahora la amargura invadió todo su cuerpo... una lágrima le trazó un surco de húmeda tristeza por la mejilla; y dimitida, decidió abandonar aquella habitación, atravesar aquel techo y adentrarse en el cielo; verlo y no poder tenerlo era una tortura, así que decidió irse y no volver a visitarlo; decidió irse a continuar su condena en el Edén, completamente resignada, como el perfume de la mujer que trabaja en una pescadería.
Agitada, abrió sus ojos, su cuerpo estaba tieso, contracturado... sentía a flor de piel el aroma a pesadilla, se sentía asustada, angustiada... recordaba haber soñado con el cielo, con el paraíso que prometen las religiones a cambio de limosnas... pero distaba mucho de haber sido un sueño placentero... giró su cabeza buscándolo, y ahí estaba, durmiendo a su lado... entonces se dio cuenta que aún estaba en esa cama, junto a él... y esto le trajo un leve sosiego; lo observó unos instantes más y se acurrucó en su pecho, buscando refugio de aquella pesadilla donde los habían separado... él, entre sueños, la acarició suavemente, trayendo alivio en la yema de sus dedos... entonces ella sonrió, y cerró sus ojos... con la tranquilidad de estar juntos, con la certeza de que no existe lugar más celestial en el mundo, que la cama donde esté él... y que en cualquier cielo, en cualquier paraíso, si no está él, inevitablemente se respirará el dejo del azufre en el aire.
- Imagen: Joy wood nymph por woodeye